opinión

A prender una vela: que la relación de Alberto con Chile no sea como con Brasil

Tormentoso con Bolsonaro, el vínculo con Piñera no asoma por ahora como conflictivo. En el medio, la suerte de Agua Negra. Atención con el factor Mendoza. Por Sebastián Saharrea
sábado, 07 de septiembre de 2019 · 10:42

Sin mucho ruido, por esos días se cumplió el primer aniversario desde que sorpresiva e inexplicablemente quedó paralizado todo el proceso de licitación por el túnel de Agua Negra.

No se aguardaba un freno semejante, no hay variables económicas ni políticas que lo justifiquen y menos aún algún evento fuera de cálculo que alcance para justificarlo.

Más increíble aún, ocurrió en plena ebullición de dos políticos de absoluta sintonía política e ideológica, dos funcionarios de una proximidad contundente en sus parábolas personales y en su manera de reaccionar en órbitas políticas: no son indénticos, pero Macri y Piñera son empresarios más o menos prósperos, comprenden ambos el mundo de los negocios como pocos, lo han explorado y lo seguirán haciendo en los vínculos con el Estado, sacralizan el ambiente de los negocios como puerta de acceso al bienestar, lo buscan ejecutar desde sus administraciones.

Insólito entonces que se haya derrumbado entre sus manos un castillo de naipes cuidadosamente armado durante años como el túnel de Agua Negra, una fuente no sólo de desarrollo como infinitamente se ha ido invocando, primero desde Argentina y ahora desde Chile también, sino también como actividad económica. Que para dimensionar alcanza con citar la cantidad de dinero que quedaría enterrada con el túnel: más de 1.500 millones de dólares.

Peor aún, lo hicieran con argumentos tan difusos y poco claros como los que operaron en la desgraciada parálisis montada por ambos estados nacionales. Primero fue una presunta inconsistencia en el costo de la obra, tardíamente enunciada desde Chile, lo que se pareció más a la búsqueda de una excusa presentable antes que a problemas reales. Luego fue otra presunción, increíblemente nunca puesta sobre la mesa en el largo camino de estudios y factibilidades previas: que el movimiento sísmico de la zona no había sido tenido en cuenta.

La cuestión es que ocurrió lo peor bajo el mandato de dos presidentes empresarios y de buena relación personal. Y lo hizo en pleno pico de autoridad de ambos. En el caso de Piñera, en el primer año de su gestión, cuando la popularidad luce siempre impecable y sin magullones. En el caso de Macri, luego de haber obtenido un triunfo resonante en las urnas en las parlamentarias de 2017.

Un caso típico de estudio político que desaloja la certeza de que la buena sintonía política es esencial y excluyente para el avance de emprendimientos políticos. O que se planta como la excepción de la regla. Lo que sí, obliga a imaginar cómo sería el futuro si es que ese tándem Piñera-Macri resulta alterado con la irrupción de Alberto Fernández como mandatario argentino, como parece probable.

A primera vista, la conclusión inicial es que peor no podrían ir las cosas. Más allá de la citada simpatía Piñera-Macri, ambos gobiernos sólo se mostraron los dientes y se repartieron responsabilidades cruzadas durante la parálisis por Agua Negra.

En caso de irrumpir Fernández, seguramente reconfigurará el ambiente de relaciones internacionales del país como impone la lógica. En especial la de los vecinos, tan alborotados que aparecen. Es allí donde nacen especulaciones sobre qué tono tendría el eventual nuevo presidente, cómo repercutirá en los intereses a ambos lados de la frontera.

Asusta el volumen del intercambio con el brasileño Jair Bolsonaro. Con un país que es el principal destino de las exportaciones sanjuaninas por fuera de la minería, con porcentajes cercanos al 30%. Compradores de vinos, pasas, uva en fresco, hasta autopartes en otros tiempos.

La relación entre Bolsonaro y Alberto nació muerta desde el momento en que el brasileño cometió la imprudencia de manifestarse abiertamente en favor de un candidato (Mauricio Macri). Lo que derivó en un viaje del argentino a visitar a Lula en su prisión de Curitiba, y en un reclamo del Frente de Todos para que la Cancillería argentina presentara un queja ante sus pares brasileño por violación del principio de no injerencia en los asuntos políticos de otro país.

Verdadera herejía diplomática, con el agravante de tratarse de dos potencias vecinas y con un fuerte intercambio comercial en el medio. ¿Cómo relacionarse ahora civilizadamente luego de las atrocidades cometidas por un jefe de estado al que no parece interesarle los conductos de la razonabilidad? Un temperamento que puede observarse en cada una de sus menciones hacia Argentina, con picos como esa desgraciada alusión a una eventual ráfaga de refugiados hacia Brasil si es que gana Alberto. ¿Y si gana Alberto?, ¿cómo se vuelve desde esa furia de campaña?

No es que los países no interfieren en los procesos democráticos de otros países, mucho menos en tiempos de polarizaciones globales como la guerra fría de los 70 o la compulsa EEUU-China de estos días. Lo que sí, utilizan resortes más elegantes, condicionalidades tácitas, atracciones del palo de los intereses. Mucho antes que las bestialidades que Bolsonaro parece habituado a pronunciar.

Lo de Chile no está ni cerca a lo de Brasil, pero también es cierto que deberá reconfigurarse si Alberto llega a ser presidente. Lo dicho más arriba: no está claro que las afinidades personales e ideológicas como las de Macri-Piñera hayan jugado a favor del emprendimiento conjunto, más bien se verifica lo contrario. Igual, desarmar un clima de cordialidad siempre acarrea incertidumbres.

No fueron buenas las últimas noticias sobre el compromiso de la gestión Macri en torno al túnel. La anunciada reunión de la Ebitan (el ente que gobierna las gestiones del túnel) no se concretó, ni siquiera avanzó el encuentro del comité de integración, posiblemente impactado por la parálisis de la obra emblemática.

Guillermo Dietrich, el ministro de Transporte macrista y autoridad en las gestiones de este lado, brilla por su ausencia. Peor aún, amaga y concreta avances para una obra en Mendoza, provincia afín a su espacio político. ¿Y cómo impactaría entonces una eventual llegada de Alberto Fernández a la presidencia en el plano doméstico, el de los intereses interprovinciales entre San Juan y Mendoza?

En los hechos, nadie puede explicar cómo una obra importante en San Juan puede afectar negativamente en Mendoza, o viceversa. Sí operan los recelos propios de la competencia y la mirada sobre el vecino, como dos hermanos disputando el cariño de los padres: una chupaleta para cada uno.

En Mendoza están entrenados en someter a gobernadores peronistas por supuestas preferencias nacionales hacia San Juan, conducta propia de un hermano toma todo: les pasó a Celso Jaque y a Paco Pérez. Podría pasarle a Anabel Fernández Sagasti si da el batacazo y se impone sobre el candidato de Cornejo.

No es imposible, aparecen números parejos. Alberto estuvo hace dos semanas dos días en Mendoza haciendo campaña: como los tiburones, ven algo parecido a la sangre y se zambullen. También Alberto estará en San Juan en octubre, y mucho antes que eso ya dejó en público –y hasta por escrito- su compromiso a avanzar en el túnel sanjuanino si llega a la presidencia.

Para eso falta mucho. Primero, que gane. Después, aislar el poderío del lobby mendocino. Y al final, que quede claro que con Piñera las cosas no serán como con Bolsonaro.