Opinión

Macri en su limbo: es presidente y no lo sabe

El presidente entró en la peor semana de su carrera política, arrasado en las urnas y por su socio, el mercado. Efecto avalancha y el secreto de Alberto.
sábado, 17 de agosto de 2019 · 10:14

Por Sebastián Saharrea

Mauricio Macri es candidato a Presidente de la Nación, pero es mucho más que eso: es el Presidente de la Nación.

En toda su campaña pareció no percibirlo, administrando promesas que bien podría cumplir ahora mismo que tiene el timón, como la anunciada eliminación de unas retenciones que él mismo instauró e insólitamente a la vez califica como un veneno (o ahora su elevación a los que exportan y se benefician con la nueva devaluación del 20%).

Luego de las Paso, la desconexión se acentuó hasta lo desesperante: la culpa es de los otros menos suya en el triste episodio del lunes, la exigencia a Alberto Fernández para que se sume al equipo de bomberos luego.

A caballo de un calendario legal para regular las elecciones de dudosa racionalidad, así quedó planteado este doble status entre candidato y presidente en medio de una emergencia galopante que cuenta las horas y los minutos.

El problema mayor reside en que quien debe tomar las decisiones es a la vez postulante a seguir, y como tal no debería entrar en contradicciones con su discurso de toda la vida. Por ejemplo el económico, en el que proclamó y ejecutó una extrema libertad cambiaria para entrar, salir o especular todo a la vez, no podrá aparecer ahora ofreciendo lo que se supone como una solución al menos temporal con la limitación de esos flujos y frenar el carry trade.

Tanto militar por la liberalización de los precios de los combustibles y las tarifas porque estamos “atrasados”, que ahora que la soga llega al cuello no puede aparecer rompiendo con su propio dogma ante la evidencia del naufragio. Debió hacerlo, entre otros preceptos de la tabla de salvación del cambio que ardieron en la hoguera de las urgencias políticas: el ajuste fiscal, la eliminación de los subsidios que ahora reaparecieron con furia. Hasta la eliminación del IVA a los alimentos esenciales, de grueso costo a las arcas públicas.

Podrá debatirse sobre si lo que busca es recobrar la simpatía perdida en las urnas o ganar gobernabilidad hasta diciembre, para lo que quedan largos 4 meses y a este ritmo la orilla aparece muy lejana. Lo que es indudable es que acumula un legado de plomo para el próximo, aún si sigue siendo él: sabe ya la ciudadanía que el plazo de vencimiento para el gran salto del combustible será el 15 de noviembre, poco después de las elecciones, o que el regreso del IVA a los fideos operará el 1 de enero. Quedan avisados.

Hay un punto en que esa mitad de camino entre una cosa y otra puede producir un severo daño tratándose nada menos que del Presidente. Porque como candidato, resulta natural que mantenga sus expectativas de reelección porque en los hechos la elección aún no ocurrió, pese a que cosechó un sonoro cachetazo de la ciudadanía en la encuesta de humores que fue esta Paso.

Pero está en todo su derecho Macri en querer e intentar revertir, por sus propias expectativas pero en especial por las de miles de candidatos que aparecen aguas abajo de sus boletas y se resolverán también en octubre: gobernadores, diputados, intendentes, concejales. A todos ellos no puede hacerles el favor de capitular en el medio del río (por usar una metáfora macrista de esta campaña).

Lo que ocurre es que a la vez debe surfear sobre una ola de desconfianza de cultivo propio. El dólar sujetado por su administración, como consecuencia de una demanda consistente que no tiene respuesta desde la oferta, es decir que la economía argentina no genera los dólares que demanda y encima la fuga es incontenible. Y no es frenada por el gobierno sino estimulada.

Esa inconsistencia estructural explotó el día que se conoció el resultado, minutos después de la vergonzosa retención del escrutinio del domingo, que ya parece de la prehistoria. A partir de allí, Macri debió ocuparse de frenar la bola de nieve que amasó a lo largo de los últimos meses, en especial desde que pidió la escupidera al FMI luego de agotar su capacidad de endeudamiento en el mercado voluntario de deuda (bonos).

Y lo hizo vestido de candidato, inflamando la vena de sus seguidores y pronunciando un discurso de campaña raso: que el efecto que se estaba viendo en las pizarras del dólar era consecuencias de una presunta desconfianza del Dios mercado hacia Alberto Fernández, y que por consiguiente la responsabilidad de la escalada debe apuntarse a quienes votaron al candidato peronista.

Una frase que, pese a su retroceso y sus disculpas de dos días después, quedará sin dudas acuñada entre las que quedarán grabadas en la memoria de las infamias democráticas. Como aquella de que “les hablé con el corazón y me contestaron con el bolsillo”, o “el que puso dólares tendrá dólares”.

Profecía autocumplida, de tanto proclamar que si gana Alberto seremos Venezuela, que ganó Alberto y el mercado pensó por un momento que seremos Venezuela: ¿a quién le cabe la responsabilidad?

Más grave aún, corre la sospecha de que ese lunes de furia Macri y su equipo económico dejaron correr el dólar sin frenos hasta estrellarse en los 60 pesos. Secreto a voces del a city que el propio Martín Redrado pronunció en las radios. Doble castigo para votantes infieles: el infierno de Venezuela y el del supermercado con el dólar disparado. ¿Quieren mierda?, tendrán mierda, por parafrasear al funcionario macrista sanjuanino Tito García Arancibia, quien fue triste noticia a nivel nacional por no encontrar el límite entre la intimidad y lo público.

Con el clima enfurecido en la línea política, apareció el otro factor de riesgo desatado por el ambiguo almanaque electoral. Y es que el mercado –que maneja un precio decisivo para la economía nacional como el dólar- exigió gestos y definiciones al ganador de las Paso, Alberto Fernández. Algo así como una palabra de calma, una filtración de su equipo económico, un gesto.

Pero cómo hacerlo si apenas se trata de un candidato que no ha ganado nada, pese a que el resultado y su impacto lo ubican como puesto. Como hacerlo también con semejante nivel de agresión mostrada por el candidato Macri en su estadio inicial post resultado. Y cómo hacerlo finalmente si se deduce que cada a paso “institucional”, el Presidente lo convierte en una oportunidad para descontar la ventaja electoral que le sacó….Alberto. El mismo al que está convocando al diálogo.

Esa percepción de estar buscando recuperar terreno en las urnas en cada movimiento desde el traje presidencial es lo que surge de la tácita exigencia de Macri a Alberto de que se pronuncie por medidas para aflojar la tensión del mercado, presente en el fatídico discurso presidencial del lunes.

Luego en la titánica especulación alrededor de, sencillamente, saludar de manera honorable al ganador, lo que demandó tres días de reflexión para concretar lo que debió haber ocurrido el mismo domingo en que Macri mandó a dormir a los argentinos antes de conocer un mísero número.

También aparece esa vocación de descontar terreno electoral desde el traje de presidente en las medidas anunciadas por el propio Macri, ajenas rotundamente a su manual de 3 años y medio de gestión. El aumento de la AUH, la elevación del piso de Ganancias –que resistió en toda la gestión-, plata en el bolsillo como paliativo.

Necesitó una bofetada de dos tercios del electorado nacional para reparar en que sí, hace falta una contención para los que la pasan mal. Lo que desliza que el gesto no está inscripto en la convicción del candidato-presidente, sino en su oportunidad. En los encuentros “institucionales”, otro condimento: en el gabinete ampliado que funcionó el jueves en el CCK, apareció Pichetto, candidato a vice y sin cargo en el gobierno (por ahora). Incluido el modo furia desatado por Elisa Carrió con frases sediciosas (“nos van a sacar muertos de Olivos”), pronunciadas ante el propio Presidente y aplaudidas increíblemente de pie por la fanaticada.

Alberto debió hacer equilibrio entonces entre evitar el desaire público pero mantenerse como lo que es, un candidato opositor. En cuidar los modales, esquivando los lances a los que es sometido con el afán de forzarlo al error. Vigente tanto en el visto que dicen le clavó al presidente en medio de la escalada de la tensión de los mercados, como en sus apreciaciones sobre el resultado y el futuro institucional inmediato.

Una incertidumbre que radica en la respuesta a la pregunta que se hace todo el mundo: ¿Cuánto tiempo soporta la gente con semejante volatilidad en la economía y la política, los vaivenes sobre –por caso- la nafta, los aumentos preventivos, la falta de precio en compraventa de bienes? Es decir, con la economía paralizada.

Debe decir Alberto que no es siquiera presidente electo, sabe que no lo es. Debe decir que no tiene nada que hacer, sabe que tampoco. Debe decir que se deben respetar las fechas de elecciones y de traspaso, sabe que está todo atado con alfileres y se trata de una expresión de deseos. Debe decir que tiene visiones de un país distinto y que no le corresponde a él tomar medidas sino a Macri que es el presidente en funciones, sabe que por lo bajo puede hacerlo.

Y lo hizo. Reveló que en la charla telefónica que mantuvo con Macri se permitió sugerirle algunas “líneas económicas”, que prefirió mantener entre ellos dos. ¿Le habrá pedido que sea él quien pague el costo político y fije nuevas regulaciones cambiarias para evitar más fuga, además de que renegocie con el FMI un acuerdo que él firmó en condiciones imposibles de cumplir? Continuará.

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